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La falta de contundencia ofensiva se transformó en una de las principales preocupaciones de River en este inicio de temporada. Marcelo Gallardo ya había señalado que el déficit aparece en “el último tercio” del campo, y los números actuales respaldan ese diagnóstico: el equipo genera poco y sus delanteros casi no logran finalizar jugadas con peligro real.

La sequía no es nueva, pero se profundiza. Facundo Colidio, Sebastián Driussi, Maxi Salas e Ian Subiabre arrastran largos períodos sin convertir, y el problema excede la racha individual. En lo que va del año, el conjunto millonario muestra dificultades para construir situaciones claras y sostener presión en el área rival.

En los partidos disputados en 2026, los atacantes apenas suman un remate al arco por encuentro. Ninguno de esos intentos terminó en gol. De hecho, los tantos del equipo llegaron desde otras líneas: defensores y mediocampistas asumieron el protagonismo en la red, varios de ellos mediante acciones de pelota parada.

El dato no solo expone la falta de eficacia, sino también la escasa producción ofensiva colectiva. River depende demasiado de centros aislados, tiros libres o jugadas detenidas, y le cuesta generar desequilibrio por dentro o mediante combinaciones rápidas en el frente de ataque.

Más allá de cómo se contabilicen las estadísticas —ya que solo se consideran remates al arco los disparos que van entre los tres palos— el panorama resulta inquietante. El desafío para Gallardo no pasa únicamente por recuperar el gol de sus delanteros, sino por reconstruir un funcionamiento que los abastezca mejor y les permita volver a ser determinantes.