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Boca parece haber encontrado, por fin, un rumbo claro. El equipo de Claudio Úbeda atraviesa un presente que invita al optimismo, con una identidad cada vez más marcada y resultados que empiezan a respaldar la idea dentro de la cancha. La victoria ante Universidad Católica no hizo más que confirmar una tendencia: este Boca ya no es el mismo de hace algunas semanas.

El punto de quiebre se puede rastrear en aquel contundente triunfo frente a Lanús, un partido que dejó señales claras de lo que vendría. Desde entonces, el equipo empezó a consolidar una estructura que se repite, con sociedades que funcionan y nombres que atraviesan un gran momento. La dupla en el mediocampo, con Paredes y Delgado, le dio equilibrio y manejo, mientras que Aranda se convirtió en una pieza clave para generar juego y desequilibrio.

A partir de esa base, Boca dejó atrás la irregularidad. Primero logró hacerse sólido, cortando la racha de resultados adversos, y luego empezó a transformar empates en victorias. Hoy se lo ve más suelto, con confianza y una idea de juego que fluye, apoyada en la circulación de la pelota y la movilidad constante.

En ofensiva, el equipo también encontró respuestas. Bareiro se muestra firme en el área, Merentiel acompaña con sacrificio y presencia, y el funcionamiento colectivo potencia a cada uno. Todo eso se refleja en un equipo que presiona, que propone y que lastima.

El arranque en la Copa Libertadores llegó en este contexto, con un Boca renovado, más confiable y con argumentos futbolísticos que hacía tiempo no mostraba. Si bien todavía queda camino por recorrer, el cambio es evidente: hay una base, una idea y, sobre todo, motivos para ilusionarse.